martes, 13 de septiembre de 2011

LAN PERÚ Lanza promoción increíble a Trujillo y Chiclayo

Pasajes ida y vuelta a Trujillo se ofrecen desde US$ 39 y a Chiclayo desde US$ 49.
Con la finalidad de promocionar los atractivos turísticos de Trujillo y Chiclayo que forman parte de la Ruta Moche, LAN Perú lanza desde hoy la campaña promocional “Viaja en avión a precio de bus”.

Esta promoción tendrá una vigencia de cuatro días, es decir hasta este miércoles 14 de septiembre. Los vuelos se podrán hacer efectivos desde el 17 de octubre hasta el 28 de febrero del 2012. Durante este tiempo quienes deseen viajar en avión desde Lima a Trujillo ida y vuelta podrán adquirir pasajes desde US$39 (S/.109) o canjear el boleto por 8,000 kms LANPass.

Los boletos aéreos ida y vuelta de Lima a Chiclayo, por su parte, se podrán adquirir desde US$49 (S/.137) o 10,000 kms LANPasss.

Los pasajeros podrán acceder a la promoción a través de la página web www.lan.com, call center 213-8200, en las oficinas comerciales de LAN o a través de agencias de viaje.

Plantean investigar 374 decretos de urgencia del gobierno de García


IRREGULARIDADES. Congresistas de Gana Perú afirman que sirvieron para acelerar la concesión de obras. El congresista Javier Diez Canseco muestra los casos más polémicos, como el Estadio Nacional y las concesiones de terminales portuarios.
Martín Hidalgo
“Investigar a quién mordió y a quién lamió el perro del hortelano”, es la frase con la que el congresista Javier Diez Canseco resume la moción presentada por Gana Perú para investigar los 374 decretos de urgencia dados en el gobierno del ex presidente Alan García. Según Diez Canseco, estas normas, en su mayoría, sirvieron para acelerar la concesión de varias obras en condiciones que resultan injustificadas y sospechosas.
Estos decretos de urgencia no pasaron por los controles regulares y permitieron la designación a dedo de las empresas encargadas de las obras. Esto, en opinión del legislador, constituye una usurpación de la función legislativa del Congreso.
“De esta manera pudieron dar concesiones a dedo y beneficios, tanto a los que reciben y como a los que dan”, denunció Diez Canseco.
Fuera de la ley
Entre los casos más polémicos, la moción señala la concesión de la planta de tratamiento de aguas residuales Taboada, en la que bajo la normatividad del DU 047-2008 se denunció la entrega de sobornos.

Asimismo, la remodelación de Estado Nacional, incorporada mediante una fe de erratas al DU 004-2009, el cual estaba destinado a la recuperación de Colegios Emblemáticos. “Mediante otro decreto de urgencia (DU 011-2009) se dispusieron fondos hasta por S/. 20 millones a favor de esta obra, de los recursos destinados a los centros educativos. Además, la obra subió su presupuesto hasta S/. 206 millones al momento de su inauguración”, especificó.
Sumado a esto, en el Decreto de Urgencia 014-2011, publicado el 10 de abril del presente año, se dictaron medidas orientadas a complementar el financiamiento del Proyecto Rehabilitación, Remodelación y Equipamiento del coloso José Díaz.
“Se trata de una obra que tuvo que haber seguido el trámite ordinario para su implementación, teniendo en cuenta que existen mayores urgencias en infraestructura de otros sectores como salud y educación”, añadió el legislador.
Otro proyecto que se propone investigar, según el documento al que tuvo acceso La República, se señala al proyecto de irrigación de Olmos (Lambayeque), en el que a pesar de existir un contrato entre el Estado y la empresa japonesa Nippon Koei por el valor de US$ 1’925,000 para la realización de los estudios de factibilidad y preinversión, la concesión para la ejecución se otorgó por adjudicación directa.
En esa línea, también aparecen las concesiones de los terminales portuarios del Callao y Paita, los cuales se habrían efectuado en contra de las observaciones expresas del Ministerio de Defensa, e irregularidades, que en el caso del primer caso originó una demanda por US$ 250 millones al Estado por la empresa Dubai Ports World.
En otro rubro, el DU 019-2006, publicado a comienzos del gobierno de García, estableció la compensación mensual por el ejercicio de funciones del presidente, congresistas y ministros de Estado para los meses de agosto a diciembre de ese mismo año.
Freddy Otárola adelantó que los casos detectados tras la investigación serán evaluados la próxima semana para determinar si se prepara una comisión especial o se delega como grupo de trabajo en la Comisión de Fiscalización.
En tanto, las bancadas de Alianza por el Gran Cambio y Fuerza 2011 han presentado dos proyectos de ley para regular el uso de los decretos de urgencia a futuro.
“Humala también utiliza los DU”
Sobre la propuesta de Gana Perú, el aprista Aurelio Pastor respondió que a tan solo un mes de gestión Ollanta Humala ha dado decretos de urgencia que generan dudas en la transparencia de su gestión.

Al respecto, señaló el Decreto de Urgencia 051-2011 que autoriza contratar a “personal altamente calificado” para el sector público. “Este no tiene las características de un decreto de urgencia porque no es un tema de emergencia y podría descalabrar las finanzas públicas, eso es falta de transparencia”, dijo Pastor.
El ex congresista también advirtió que se estarían buscando crear grandes comisiones en ansias de protagonismo sin llegar a resultados concretos.
”Los nacionalistas están buscando dar trabajo a toda la gente que los apoyó en la campaña electoral a través de comisiones fantasma”, precisó.
Claves

Alerta. Organizaciones civiles enviaron una carta al presidente Humala que alerta que nacionalistas han presentado proyectos de ley para derogar el DU 012-2010 y el DU 028-2011, los cuales combaten la minería ilegal en Madre de Dios y Puno.
Purga. El Poder Ejecutivo ya derogó el DU 045-2011, publicado el 27 de julio por el gobierno aprista, que otorgaba una bonificación especial a funcionarios públicos de los ministerios.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Como se formó el Oro en la corteza terrestre

Redacción Internacional, 7 sep (EFE).- El oro y otros metales preciosos accesibles en la corteza de nuestro planeta son el resultado del bombardeo de asteroides que se produjo más de 200 millones de años después de que se formara la Tierra, según un estudio publicado hoy en la revista Nature.
Investigadores de la universidad británica de Bristol llegaron a esta conclusión tras comparar la composición de rocas de casi 4.000 millones de años de antigüedad halladas en Groenlandia -antes de producirse el llamado bombardeo intenso tardío- con la de muestras más modernas.
Estas rocas antiguas son una oportunidad única para conocer la composición de la Tierra poco después de la formación del núcleo y antes del bombardeo de meteoritos.
Durante la formación de la Tierra, los metales que tienen una afinidad con el hierro, como el oro, emigrarían hacia el núcleo de hierro fundido del planeta, por lo que no debieran estar en el manto.
De hecho, hay suficientes metales preciosos en el núcleo como para cubrir la superficie entera de la Tierra con una capa de cuatro metros de espesor, señala el estudio.
El profesor Matthias Willbold y sus colegas midieron los isótopos de tungsteno de las rocas y comprobaron que la composición del manto terrestre cambió después del bombardeo de meteoros hace unos 3.900 millones de años, unos 650 millones de años después de la formación del Sistema Solar.
"La mayoría de los metales preciosos sobre los que se basan nuestras economías y muchos procesos industriales clave se añadieron a nuestro planeta por una feliz coincidencia cuando la Tierra fue alcanzada por miles de millones de toneladas de asteroides", señaló Willbold.
Los resultados de las mediciones apoyan la teoría de que la lluvia de meteoros, que también es responsable de muchos de los cráteres de la Luna, aportó esta capa de materiales preciosos después de la formación del núcleo, lo que explicaría la sorprendente abundancia de estos metales cerca de la superficie de la Tierra.
El tungsteno es un elemento muy raro (un gramo de roca contiene una diez-millonésima parte de un gramo de tungsteno) y, como el oro y otros metales preciosos, debería haberse integrado en el núcleo cuando éste se formó.
Como muchos otros elementos, el tungsteno (W) está compuesto de varios isótopos, átomos con unas mismas características pero masas ligeramente diferentes.
Los isótopos son huellas fiables del origen de los materiales y la lluvia de meteoritos sobre la Tierra debió influir en la composición isotópica del tungsteno.
Willbold observó una reducción de 13 partes por millón en la relativa abundancia del isótopo 182W entre las rocas de Groenlandia y las actuales.
Este pequeño pero significativo cambio concuerda con la teoría de que las reservas de oro accesibles en la Tierra son una consecuencia del bombardeo de meteoritos.
"Extraer el tungsteno de las muestras de roca y analizar su composición isotópica con la precisión necesaria fue muy difícil debido a la mínima cantidad de tungsteno presente en las rocas. Somos el primer laboratorio que ha logrado con éxito realizar mediciones de tan elevada calidad", dijo Willbold.
El próximo desafío para los científicos será estudiar cuánto tardaron estos procesos geológicos, que formaron los continentes y concentraron los metales preciosos y el tungsteno en depósitos de metales que son extraídos hoy de las minas.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El agro padece por falta de conocimientos útiles pero los educadores "cierran los ojos" y se "lavan las manos"


Escribe: Polan Lacki

En América Latina tenemos loables ejemplos de dedicación, mística y altruismo de educadores, que han hecho una excelente labor, a pesar de sus bajos sueldos y de sus adversas condiciones de trabajo. A ellos manifiesto mi respeto, admiración y reconocimiento.

Está circulando en América Latina una propuesta diferente en materia de desarrollo agrícola y rural. Esta sugiere reemplazar el Estado paternalista por un Estado educador que ofrezca a los productores rurales una educación tan emancipadora que ellos sencillamente no necesiten del paternalismo gubernamental. La propuesta se fundamenta en la constatación de que, como regla general:

1) Los agricultores con mayores dificultades y problemas económicos son coincidentemente los más ineficientes, ya sea como productores, como administradores de sus fincas, como compradores de los insumos o como comercializadores de sus cosechas y

2) Ellos son ineficientes no necesariamente porque les falten políticas agrícolas, créditos o subsidios, grandes inversiones, garantías oficiales de comercialización u otras ayudas gubernamentales, sino porque ellos no saben desempeñarse con la eficiencia y el profesionalismo que requiere la agricultura, altamente competitiva, del mundo globalizado.

En las Páginas Web que respaldan la propuesta:
- http://www.polanlacki.com.br
- http://www.polanlacki.com.br/agroesp

1) está demostrado que es exactamente en esta debilidad (en la falta de nuevos conocimientos, habilidades, actitudes y valores) donde reside la gran causa generadora de los problemas de los agricultores y por ende de la agricultura.
2) está indicado que esta debilidad es consecuencia directa de la mala calidad de nuestro sistema de educación rural (escuelas fundamentales rurales, facultades de ciencias agrarias, escuelas agrotécnicas y servicios de extensión rural).
3) están identificadas y descritas las medidas, muchas de ellas sencillas y de bajo costo, que el referido sistema de educación rural podría y debería adoptar para corregir sus inadecuaciones y debilidades.
4) está demostrado que la adopción de gran parte de tales medidas correctivas está al alcance de los propios directores de las escuelas, profesores y extensionistas; en muchos casos sin necesidad de contar con decisiones políticas de alto nivel o con recursos adicionales a aquellos que las instituciones de educación ya poseen.

La educación rural debe enseñar aquello que sus "clientes" necesitan aprender

A pesar de todo lo descrito en el párrafo anterior, el mencionado sistema sigue ignorando los daños que la mala calidad de la educación está produciendo en el desempeño de la agricultura y de los agricultores; y está subestimando la necesidad de realizar una urgente transformación curricular y pedagógica. Las referidas instituciones educativas siguen actuando como si no tuviesen nada que ver con los daños que la inadecuada educación está produciendo en la vida de los habitantes rurales, como por ejemplo: la bajísima productividad de la mano de obra, la falta de rentabilidad en la agricultura, el desempleo y subempleo, la pobreza y el éxodo rural. Cuando son requeridos a promover los cambios necesarios, los educadores suelen afirmar que no pueden corregir las ineficiencias y debilidades de ellos mismos y de sus respectivas instituciones, porque faltan decisiones políticas, aportes presupuestarios adicionales, mejores instalaciones, computadoras con acceso a Internet, mejores sueldos, etc. Sin embargo, al analizar tales justificaciones, con objetividad y sin “emocionalismos”, es fácil darse cuenta que la falta de esas ayudas externas, no necesariamente está impidiendo que ellos mismos corrijan y mejoren gran parte de lo que puede ser corregido y mejorado sin recibir apoyos adicionales. En América Latina tenemos muchos ejemplos en los cuales los gobiernos han incrementado las asignaciones presupuestarias y mejorado los sueldos de los educadores pero la calidad de la educación sencillamente no ha mejorado. Desafortunadamente el no atendimiento a tales reivindicaciones suele ser utilizado por los sindicatos de profesores--siempre muy politizados e "ideologizados"-- como excusa para ocultar su falta de voluntad y/o de capacidad para corregir y mejorar aquello que, puede ser corregido y mejorado, aún sin recibir ayudas externas

¿Dónde debe empezar esta educación emancipadora?

En primer lugar debe empezar por quienes están sufriendo y pagando las consecuencias de las "disfuncionalidades" e inadecuaciones del sistema de educación rural. Si los propios agricultores (y los demás integrantes de las cadenas agroalimentarias que también están siendo afectados por la baja calidad educativa) no se organizan para EXIGIR y PRESIONAR en pro de una educación acorde a sus necesidades, sencillamente sus demandas seguirán siendo ignoradas. Sin embargo, si los referidos demandantes elaboran una sólida fundamentación de sus exigencias y reivindican medidas que realmente están al alcance del sistema educativo, éste no tendrá argumentos ni motivos para dejar de atenderlas. Las protestas que históricamente los agricultores han hecho frente a los bancos de crédito rural, a partir de ahora deberán hacerlas frente a las instituciones de educación agrícola, formal y no formal. Tales protestas deberán perdurar hasta que:

1) los directores y profesores de las facultades de pedagogía reconozcan que gran parte de la mala calidad educativa de las escuelas fundamentales rurales, y también de las urbanas, se debe a la inadecuada formación de los maestros que de ellas egresan.
2) los directores y profesores de las facultades de ciencias agrarias y de las escuelas agrotécnicas reconozcan que la principal causa del desempleo de sus egresados y del modesto impacto de cambio de los servicios de extensión rural es la inadecuada y teórica formación de los profesionales y técnicos que ellas están formando.
3) los directores y profesores de las escuelas fundamentales rurales reconozcan que gran parte de la “repitencia” y de la deserción escolar y también del subdesarrollo imperante en las zonas rurales se deben a la descontextualización e irrelevancia de muchos de sus contenidos curriculares.
4) los directores y extensionistas de los servicios estatales de extensión rural reconozcan que gran parte de la falta de rentabilidad en la agricultura y de la pobreza rural se debe a que dichos servicios – por debilidades técnicas, inadecuaciones metodológicas y “rigideces” burocráticas – no están siendo capaces de difundir, rápida y masivamente, tecnologías de fácil adopción y de bajo costo, con el propósito de que los propios agricultores puedan solucionar sus problemas, sin necesidad de ayudas paternalistas.

Sin embargo, tener la actitud de reconocer esa "mea culpa" no es suficiente; los educadores deben reconocer y actuar en el sentido de corregir y/o eliminar aquellas muchas distorsiones que están a su alcance hacerlo. En resumen, los directores, los profesores y los extensionistas deben abandonar la cómoda actitud de quejarse, de presentar justificaciones poco consistentes, de echar la culpa a los demás y de seguir esperando que los demás resuelvan los principales problemas de la educación rural; porque muchos de esos problemas son generados dentro de las unidades educativas y consecuentemente deberán ser solucionados dentro de estas por los propios educadores, y no necesariamente por agentes externos a ellas.

Las medidas que los propios educadores podrían adoptar para corregir las inadecuaciones y distorsiones del sistema de educación rural están identificadas y descritas en los textos alojados en la sección "Artículos" de la página Web:
- http://www.polanlacki.com.br

E-mails del autor:
- Polan.Lacki@onda.com.br
- Polan.Lacki@uol.com.br

lunes, 22 de noviembre de 2010

Atentado Monumental



HUAMACHUCO. AGENCIA DE NOTICIAS DECIDE. El potencial turístico que Huamachuco, ciudad enclavada en el departamento de La Libertad – Perú, ostenta dentro de sus recursos históricos se ha visto en grave peligro debido a la demolición de inmuebles de corte colonial y republicano en el perímetro de su Plaza Principal, con el consentimiento de la gestión municipal que ha perdido el principio de autoridad.
En estas últimas semanas dos inmuebles han sido destruidos por sus propietarios lo que ha generado la indignación de los vecinos. Uno de ellos es de propiedad de la familia Caballero Esquivel. La noche del jueves 11 de noviembre, a horas 8:30 p.m., en la cuadra 4 del jirón Balta los moradores se concentraron con la finalidad de evitar la demolición de otra casona de la familia Valderrama, en donde vivió el primer diputado por Huamachuco, Carlos Valderrama.
El ahora propietario del predio, Tito Diomedes Ramírez Rodríguez, ingresó maquinaria pesada (dos volquetes y un cargador frontal) para demoler el frontis de la vivienda, hecho que indignó a los vecinos.
Trabajadores municipales con el apoyo del cuerpo de serenazgo y miembros de la Policía Nacional, lograron la paralización de los trabajos. El dueño mostró una Resolución de Licencia de Edificación Nº 124-2010, suscrita por la arquitecta, jefa de la oficina de Planeamiento Urbano y Catastro de la Municipalidad Provincial Sánchez Carrión, Natalia Romero Sánchez.
Con apoyo de la Policía de Tránsito, la intervención de quienes aman esta ciudad de fundación Española, se retiró la maquinaria pesada, mientras que los efectivos de serenazgo quedaron resguardando la zona para evitar se continúen los trabajos de demolición. A pesar del acuerdo, al promediar las 3:30 a.m., los propietarios del inmueble retomaron la demolición al interno con personal obrero dentro de la propiedad.
Entretanto, el responsable de la Unidad Ejecutora N° 115 Marcahuamachuco, Guillermo Rebaza Jara, en compañía de ciudadanos huamachuquinos, denunció ante la Policía Nacional este atentado contra el ambiente urbano de la zona monumental. Mientras tanto los trabajadores municipales informaron sobre los hechos a Alcaldía para que se tomen las acciones pertinentes ante el Instituto Nacional de Cultura.
Por su parte, Oscar Fuentes Silva, de la Municipalidad consideró pertinente la paralización definitiva de este tipo de acciones a fin de evitar distorsionar el entorno arquitectónico del centro histórico de la ciudad de Huamachuco, considerada por el gran escritor César Vallejo, como la Atenas de la Sierra Liberteña.

jueves, 17 de diciembre de 2009

¡Cuidado con falsificación de documentos para nombramiento de profesores!


HUAMACHUCO. La ciudad, luego de la evaluación para el nombramiento de profesores dado el pasado 15 de noviembre, vive un inusitado movimiento de documentación que los docentes alistan para presentar sus expedientes, más aún porque el plazo se ha prolongado hasta fin de año. Estos trámites documentarios pasarían desapercibidos y se tomaría como un hecho normal, sino fuera porque entre los files se filtran una serie de documentos fraguados.
Es que revisando los antecedentes de otros procesos de evaluación –como el del año 2002- la Unidad de Gestión Educativa Local (UGEL) Sánchez Carrión denunció a 27 profesores por los presuntos delitos de falsedad ideológica, falsificación de documentos y falsificación de sellos.
Si bien es cierto, en la primera instancia los profesores salieron libres de pecado, la UGEL apeló dicha resolución judicial, por lo que el Juez Oswaldo Velarde Abanto, ha elevado el expediente a la Sala Mixta Descentralizada de esta provincia para la continuación del proceso.
Frente a esta situación –que no se descarta vuelva a ocurrir no sólo en esta UGEL sino en las del departamento y el país- se pone en alerta a los directores sectoriales y comisiones evaluadores a tener sumo cuidado con el personal al interno de sus instituciones.
Deben poner estricto control, por ejemplo, en el momento de que su personal proceda a autenticar las copias de los títulos, diplomas o certificados que los postulantes adjuntan. Antes de la autenticación deben exigir primero la presentación de los documentos originales.
Otra acción de control por parte de las UGEL es monitorear la actuación de los directores de las instituciones educativas por cuanto es vox pópuli que actúan parcializados en la fase de evaluación de los docentes tanto en la revisión de los expedientes, como en la sustentación de la clase modelo. Incluso se habla que el compromiso a cambio de darles los más altos puntajes es el pago de dos hasta tres sueldos para favorecerlos.
En total, el requisito para ser nombrado es alcanzar 60 puntos entre la evaluación de expediente personal, entrevista personal y realización de clase modelo. Es en estas fases donde debe ponerse especial cuidado para evitar el ingreso por la ventana de muchos profesores que no les importa adulterar información con tal de ser nombrados.

SOBRE LA EVALUACION
La evaluación nacional ha tenido un puntaje de 100, de acuerdo con los siguientes contenidos:
Habilidades comunicativas 35 puntos.
Habilidades matemáticas 25 puntos.
Conocimientos pedagógicos generales 25 puntos.
Conocimientos pedagógicos específicos 15 puntos.
Como ya es sabido, hubo serios cuestionamientos acerca de la publicación de los resultados. Al principio el Ministerio de Educación publicó resultados con un gran porcentaje de profesores que habían alcanzado la nota mínima aprobatoria de 14. Sin embargo horas más tarde del día jueves 19 de noviembre de publicado los resultados, salieron nuevos resultados en los cuales no habían aprobado, porque les habían quitado dos puntos.
Esta situación generó una confusión nacional y también la protesta de miles de docentes que rindieron la evaluación. Se puso en duda la seriedad y veracidad de la evaluación por lo que el Ministerio de Educación tuvo que nuevamente validar los primeros resultados.
Esta situación también obligó a reprogramar las siguientes etapas de presentación de expedientes y la clase modelo.

LA EVALUACIÓN INSTITUCIONAL
Ahora lo que continúa es la evaluación institucional, es decir a nivel de cada Unidad de Gestión Educativa Local y en cada Institución Educativa.
Según la Resolución Ministerial 295-2009-ED, cada Comité de Evaluación evaluará al docente de acuerdo con los siguientes indicadores en un máximo de 100 puntos:
Capacidad Didáctica (clase modelo) 25 puntos
Conocimiento de la cultura, realidad local, regional y de la especialidad 15 puntos.
Formación Profesional (a tener cuidado con la documentación) 30 puntos.
Experiencia Laboral, 20 puntos.
Méritos, 10 puntos.
Según el artículo 38, la etapa institucional del concurso público se realiza en la institución educativa donde se encuentra la plaza vacante ofertada a la que se presenta el postulante, o en la Dirección Regional de Educación o en la Unidad de Gestión Educativa Local según sea el caso, a través de sus respectivos Comités de Evaluación dentro de los plazos que señale el cronograma.
Es en esta fase en la que se presentan muchas dudas con relación a la imparcialidad con la que actúen los comités de evaluación. En todo caso se recomienda que haya un estricto control y fiscalización por parte de las Asociaciones de Padres de Familia para que su institución educativa tenga un docente de calidad.
También el docente debe tener en cuenta el artículo 52 de la presente resolución, que establece, sobre el tema de falsificación de documentos, la Dirección Regional o Unidad de Gestión Educativa realiza una investigación sumaria para determinar responsabilidades, procediendo a actuar de acuerdo a las normas existentes al respecto. El postulante es retirado del concurso y queda inhabilitado para presentarse a otro concurso de nombramiento o contrato por un periodo de dos años.

NUEVO CRONOGRAMA DE NOMBRAMIENTO
Frente a los problemas descritos, el Ministerio de Educación emitió un nuevo cronograma del concurso público el mismo que tiene las siguientes etapas:
Presentación de expediente del 25 de noviembre al 11 de diciembre.
Evaluación de criterios, del 14 de diciembre al 29 de diciembre.
Publicación de resultados, 30 de diciembre
Presentación de reclamos, 4 y 5 de enero del 2010.
Resolución de reclamos del 6 al 11 de enero del 2010.
Publicación definitiva de resultados, 12 de enero del 2010.
Publicación cuadro de méritos final, del 13 al 18 de enero del 2010.

El César Vallejo que yo conocí



Por Ciro Alegría (*)

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Esos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.

Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.
-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...
Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:
-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.
-¿Y a qué año va a ingresar?
-Al primer año de primaria...
El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:
-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...
-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.
Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:
-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...
Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:
-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.
El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.
-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...
Y mi abuela:
-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...
El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.
Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.
Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local.
-Por aquí no entran ustedes -me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción dios y la patria-, esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá...
Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: "Vente por acá". Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:
-Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...
Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:
-Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?
Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:
-Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...
Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:
-Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar...
Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "¡Serrano chaposo!", comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:
-¿Sabes jugar la pega?
Le dije que no, y él sentenció:
-Eres muy nuevo para saber jugar...
Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a un gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:
-¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste?
Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: "¿Y por qué tiene el pelo así?". "Poeta es poeta", me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:
-Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.
Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.
Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:
-Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro...
Vallejo me miró inquisitivamente:
-¿Sabes también escribir?
A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.
La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:
-Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?
-Porque no sé otras cosas...
Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.
Miré a mi profesor.
César Vallejo -siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi- estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar...
Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.
Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:
-¿Te gusta tu profesor?
-Sí -respondí.
Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.
En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "¡Es un gran poeta, es un genio!", decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.
-A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: "¿Dónde estarán sus manos que, en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir?". ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame...
Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era se irguió por fin llena de rabia:
-Éste es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.
La discusión se armó de nuevo.
Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!".
Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: "Vamos a conversar"... Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que ése fue mi primer éxito literario.
No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor -tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente se calló. "Siéntese", le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.
Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadraos en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad.
El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.
Por las mañanas llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos -que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad- o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.
Fuera del colegio sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.
Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil.
Lejana vibración de esquilas mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus angustias.
A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo ("aleteando la pena de su canto"). Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a fin, y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan solo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de "serrano" y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos...
Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos, y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó: "¿Tú lees otros libros?". Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas, y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así:
¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.
Los jueves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. "¿Puedo irme?", le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...
En el tiempo que siguió -creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios- nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "Éste es un muchachito al que le gusta leer", y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:
-¿Y qué? Es profesor y eso es bueno...
-¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un "muertodehambre"...
Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:
-Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.
-Es un gran poeta -repliqué muy afirmativamente.
-¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?
-Es un gran poeta -insistí.
-A ver, dinos por qué es un gran poeta...
No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.
-Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta -repitió mi oponente.
Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.
Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre.
La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter.
No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí pertinente que refiera que no me tocó ningún premio porque, como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambió algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.
Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos... Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.

(*) Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos, este perfil del gran poeta del Perú apenas si ha tenido difusión.
Fuente: http://www.elmalpensante.com/58_vallejo.asp